Dolor habitable

sicilia

Una charla es un habitación, una ventana y un saludo. Un estar vivos. Esta plática, así, sucede en el mismo momento en el que Estados Unidos da la espalda al mundo. El lector habitará, también, entre el dolor, el consuelo y la misericordia, esas voces que responden cuando, a solas, se conversa con uno mismo.

¿El dolor nos habita o nos ha deshabitado?

Yo creo que las dos cosas, paradójicamente. El dolor nos habita porque la vida también es sufrimiento, como decía el Buda. Pero también hay ciertos dolores que nos deshabitan: los de la violencia criminal, los del desprecio. Hay un sufrimiento natural en la existencia, pero si eso le agregamos la violencia, el dolor llega a despojarnos de nosotros mismos.

Desgraciadamente su experiencia ha sido la de cientos de miles de mexicanos que no han sido escuchados…

El Movimiento por la Paz fue un intento para que se escucharan las víctimas, quienes habían sido reducidas a “daños colaterales”, a cifras, a estadísticas. Además debían cargar con los estigmas de “se lo merecían” o “algo habrán hecho”. Todas estas idioteces con las que el Estado se lava las manos para no enfrentar la realidad. Nosotros le dimos voz a las víctimas. Y cuando se escuchó su voz, se construyeron como sujetos sociales. Hoy día no hemos logrado ni la paz ni la justicia, pero ya nadie va a silenciar a las víctimas. Nadie va a callarlas.

¿En verdad escribir ayuda a sanar el alma?

Yo creo que sí. Somos seres de palabras. Decía Octavio Paz que el mundo está hecho de éstas. La palabra es el fundamento: con ella puedes hacer vida, sanar a una persona, salvarla de la destrucción atroz. Aunque la palabra también puede destruir. Dice la Eclesiastés -un libro de sabiduría profunda- que la vida y la muerte están en poder de la lengua. La ausencia de significado de las palabras nos ha llevado a la violencia.

¿Qué tan difícil le fue sentarse a la máquina de escribir para hacer esta novela tan personal y biográfica?

Fue un proceso espiritual difícil de explicar. Todo comenzó durante mi retiro, cuando visité a mi hija y a mi nieto en El Arca de Saint-Antoine, en Francia. Fue ahí donde salí de la vorágine de las entrevistas, del movimiento y de las víctimas. Por primera vez tuve que enfrentarme conmigo mismo en la soledad. Y de pronto me di cuenta que debía transformar mis sentimientos en palabras para darle contorno a aquellos que se abre al infinito del sufrimiento. Quería ver mi dolor en la finitud de un nombre.

¿En qué libros encontró consuelo?

El Evangelio para mí es fundamental; es un libro que va más allá de la literatura. Jesús era un poeta: hablaba en parábolas y contaba cuentos. Pero también hay una obra que ha sido muy importante en mi vida: La peste, de Albert Camus. Siempre me ha resonado esa lucha del doctor Rieux contra el mal, que es representado por la peste y las ratas. Se trata de un mundo que quizás no es feliz, pero sí humano.

 

 

Camus, en efecto, es un gran compañero…

Es una de las grandes consciencias morales del siglo XX. Ojalá y se leyera La peste en estas épocas en las que no hay significación.

¿Cómo vamos a salir de esta barbarie?

Es un tema muy complejo. Necesitamos volver a fundar el país. Estamos en una situación en la que el Estado es parte del propio crimen organizado, de la inhumanidad, de la incapacidad de respuesta y de justicia. No hay quien mantenga los equilibrios del orden humano. Sé que existen muy buenos hombres y mujeres en el Estado, pero no alcanzan. El problema es sistémico y debemos repensar al país en categorías no de consumo o crecimiento, sino humanas. Eso implicaría un nuevo pacto social.

¿Aún estamos a tiempo del arrepentimiento y de reencontrarnos con Dios?

Yo creo que sí. Dios nos está haciendo mucha falta. Hay que recuperar la idea de lo humano. ¿Qué vamos a encontrar en Dios si no lo encontramos en nuestro hermano, en nuestro prójimo? Tenemos que recuperar la experiencia del prójimo. Y creo que sólo así volveríamos a recuperar el misterio de Dios.

¿Ha pasado poco tiempo para hablar de culpa?

Todavía no la alcanzamos. Cuando un gobierno quiere minimizar los problemas y abrir las fosas para meter dinero para encontrar a los desaparecidos, es que no hemos encontrado la culpa. Hay un gran cinismo y una gran negación. La culpa sólo la encontramos cuando aceptamos que eso somos. Sin embargo, esa culpa que no debe ser destructiva, sino una que nos pueda llevar al perdón y al reencuentro.

Una vez encontrada la culpa, ¿qué tan difícil va a ser superarla para obtener perdón?

Necesitamos superar la culpa. No se trata de la culpa que avergüenza. No. Si no sentimos el dolor de corazón, no hay posibilidad de perdón. En ese sentido, la tradición de la Iglesia es muy sabia. El sacramento de la reconciliación pasa por la aceptación del daño, el propósito de enmienda y la penitencia. Eso al final nos puede salvar, porque hay lágrimas que sanan.

En el personaje Javier Sicilia de la novela, ¿hay algún sentimiento de culpa?

Sí. Es una culpa que experimenta el sobreviviente. Una culpa que no es directa, pero es la gran pregunta que se hace el que sobrevive: ¿por qué él y no yo?

Eso pasó mucho después de Auschwitz…

Absolutamente. Primo Levi lo deja muy claro: no sabemos si su suicidio tuvo algo que ver con la culpa del sobreviviente. En el caso de los padres que nos arrancan a los hijos esa sensación de culpa es aún mayor.

No existe una palabra en el diccionario que sirva para definir ese dolor…

No hay, es algo tan antinatural y tan contrario al sentido de la vida. Algo que, además, que está en el lado del mal porque fue arrebatado por la violencia y la maldad de los hombres. No alcanza la palabra para definir ese sentimiento.

¿Dónde habita el consuelo para tantas víctimas en este país?  

Yo creo que en el abrazo y el acompañamiento. Pero el consuelo sólo será posible cuando haya justicia. Es lo que piden todas las víctimas. No piden venganza. No: es el reconocimiento de que algo o alguien te dañó y necesita de ser reparado.

¿Los mexicanos tenemos que ser peregrinos del mismo sentimiento de sanación? ¿Necesitamos comunión?

Sí, yo creo que sí. Hay ejemplos hermosos en medio del horror de la Historia. Y yo creo que uno de ellos es Sudáfrica. Ese trabajo de enfrentar las víctimas con los victimarios y trabajar en orden de la justicia y el perdón. Es muy doloroso tener que vernos como un país que debe perdonarse y hacerse justicia. Pero para eso primero debemos reconocer que nos hemos dañado. No podemos permitirlo más. Es algo muy doloroso. La Alemania moderna sigue con sus memoriales y sus revisiones de la historia.

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