Cabra, Cachorros, tragedia

Las maldiciones se cumplen hasta que, solas y aladas, se desvanecen. El Cachorros de Chicago, víctimas de la Pitia vulgar del aficionado más ferviente, ha salido del Hades no sin antes besar a la Core. El regreso al mundo de los vivos no debía ser fácil: una blanqueada en el séptimo juego; un juego perfecto en el cuarto o una barrida contra el Indios. No. El equipo de los vientos debía exprimir hasta el límite el drama, la tragedia. Fue hasta el décimo inning del séptimo y, como dirían lo viejos, fatídico juego de una Serie Mundial mitológica. La cabra, defendida por aquel griego que quería entrar al parque con su valiosa compañía, siempre ha estado ligada a la tragedia, desde antes de que los griegos supieran que habían inventado el escenario del comportamiento al que otros llaman teatro. Ligada a lo dionisíaco del festin, el animal era veneración y precaución. El fondo del duelo ante el Indios, no era, como puede verse un debate de novena contra novena. No. El Cachorros peleaba con los dientes pelados ante su pasado, ante el Oráculo de Delfos, que no responde llanamente: da entender una interpretación. Todo iba hacia el límite y el límite se alejaba más y más y más de la realidad, lo que sucedía era la ficción, como si Homero se saliera de la línea del dibujo a capricho, ya confundida la realidad con lo teatral, acaso ambos lados de la poética de la verdad. No hay relato sin épica, ni épica sin fiuego. No era la seña del 1908; era la cabara, el capo emisari, el enemigo culpable, el origen, la cábala, lo que se interponía entre el presente y el lejano pasado. En el origen del mito también se esconde la cabra, animal misterioso que alimenta el espíritu creador. El beisbol, el más mitológico, el más trágico y el más cabalístico de los deportes (y de todas las actividades humanas actuales) asistía al cumplimiento del maleficio: el último desgaste de los hérores que volvían de los hiperbóreos con la manzana dorada del triunfo. La maldición estaba cobrada con olvido, todo se había cumplido según las órdenes de lo trágico. Job ha recuperado a su equipo, a sus hijos, a sus cachorros y, paradójicamente, a su cabra. Ya nada ha sucedido. Comienza el futuro en el infinito campo de los sueños, en donde los poetas, los magos y los metafísicos duermen con los dioses y los héroes.

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