Día de Muertos

las mandarinas perfuman las calles humedas de pasos, las ballenas en formas de nubes varan en los lejanos montes de una ciudad tardía, los muertos vuelven entre las hojas de los árboles del insomnio, es noche y llegan descansados de cuerpo y carne, ya sin venas, ni arterias, están aquí en los costados de este cuerpo que aún se llama así, compañero fiel de la antesala del espanto, huelen a muerto, como Lázaro, miran a la lontananza del bosque sureño plagado de heno y musgo, la vida desvivida, memoria que ellos fomentan sin mirarse ante el espejo de las máscaras cotidianas, es tarde, se han llevado los olores del altivo tequila, de las rilkenianas rosas, de los pucheros y los moles, han dejado intacto el ajonjolí y el agua, un verso infinito de Gorostiza y las hojas de un libro en el que habita la ceguera borgeana y una lágrima caída en la mar de letras de la Iliada, la niebla abraza el ya marchito calendario, deshojado, es noche, todos se han ido, han dejado el imperativo silencio debajo de la cama, donde antes las brujas vigilaban los sueños del infante que, desgraciadamente, nunca seré, es suficiente vivir para estar tan cerca de la muerte, mis fantasmas saludan una noche en el camposanto, La Llorona sólo escuchaba este presentido relato, me besó y salimos flotando sobre el andamio

y así

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