La Roja y Hamelín

Parecían lejanos aquellos años geológicos en los que, en el comienzo de los tiempos, la Selección mexicana, de tardía evolución, asistía a los grandes certámenes del futbol arropada en la roedora postura del “fogueo”. Los diplomas mundiales en juveniles y la presea olímpica de Londres 2012 dieron la ilusión del alarido colectivo a una sociedad que ha depositado, con terca arrogancia, su fe en una redundante frustración de once pantaloncitos cortos. El diminutivo, costumbre en la narración de los voceros de las calamidades (Rafita, Tecatito, Chicharito…), queda reducido a polvo después de este golpe de letal presente que ha propinado Chile a México en la Copa América del Centenario: el 0-7 suena a burla de beisbol o futbol americano en la tierra de los golpes abajo. Los viejos marcadores (el 6-0 ante Alemania; el 8-2 ante Inglaterra o el 5-0 ante Brasil) parecían fantasmas de un tiempo ido. Pero la pena ha vuelto y de fea manera.

El discurso de epopeya de la tribuna, de la prensa y de los mismos jugadores (y su cuerpo técnico) luego de una racha histórica de invictos, se derrumbó como naipe del fracaso con la vertiginosa velocidad arrogante con la que fue, falsamente, difundida. En los duelos de verdad, esos en los que se mata o muere, la técnica ha plantado una cachetada de espanto. Los mexicanos de esta noche no se diferencian, en nada, de aquellos que extrañaban las albóndigas de las tías o de aquellos que entre más goles les metían más corrían. El futbol tiene sus métodos de enseñanza y en esta jornada americana ha dado un merecido castigo a un equipo que, como en Corea, pensaba en el siguiente rival antes de despachar el próximo, el inminente. Fueron muchos los que se imaginaron la final ante la Argentina de Messi. Pero antes estaba el conjunto de Pizzi. Cruyff aseguró que el juego más importante es el próximo. Cuando pensaban en el siguiente bar, la borrachera ufana del Rey y el Cielito Lindo, derramaron el tequila sobre el mantel en el que se juagaba la realidad, ese marcador. Ajenos al decoro, a la lucha gallarda y al debate de orgullos, los mexicanos fueron puestos en su lugar por un equipo apenas brillante, apenas luminoso que jugó como el gato que toca la flauta Hamelín con la parsimonia, la pusilanimidad y la cobardía de un once colmado de miedos y lleno de soberbia, lleno de sí mismo; zafio, de impertinencia supina y de lerda personalidad. Un cuadro que roe sus heridas cada cuatro años cuando juega sus cuatro, bien divertidos, partidos. El espantapájaros del quinto les intimida, les oprime, les causa depresión e insomnio; la soledad es su laberinto.

La enciclopédica batalla de esta noche quedará registrada como el regreso de los dinosáuricos días en los que lo importante no era ganar sino competir, ese eufemismo de los que, amos de su medianía, esconden la pobreza de su espíritu en los pañuelos del fracaso, ese eterno retorno.

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