Muhammad Ali vs Bertrand Russell

el mejor

 

Suena el teléfono. Muhammad Ali lo contesta. Le dicen que el señor Bertrand Russell quiere hablar con él. Ali acepta la comunicación con desgano. “¿Diga?”, pregunta.

-¿Es usted Muhammad Ali? – pregunta una voz con un inglés en las rocas.

-En efecto, dígame.

Russell pide que el campeón le confirme lo que han dicho los diarios esta mañana. Si, en efecto, ha renunciado a alistarse a Vietnam.

“Todo es cierto, señor…”

-Russell…

-Todo es verdad, Russell -confirma Ali en un tono menos desaliñado.

Russell, desde el otro lado de la línea, da a entender una sonrisa. “Usted ha cambiado el rumbo de la historia”, le dice sin glamour.

El medallista de oro de Roma se apena. Raro. Después de una incómoda pausa pregunta al tal Russell (¿Russell, dijo?) que pensaba de la eventual pelea contra el británico Henry Cooper. ¿Por quién apostaría, eh? Mientras escucha la respuesta se dibuja la clásica sonrisa bravucona del campeón. “Ya lo sabía, usted no parece tan tonto como parece…”

Ali siempre fue un lobo feroz en las distancias cortas. Su agilidad comprendía también al cerebro. El desplante aquel, cuando aventó la medalla dorada al río después de que le negaran una hamburguesa, le marcó para siempre. Aprendió a ser cauto. Y letal. La primera víctima de su sarcasmo fue Sonny Liston, al que ridiculizó tanto como a sus posteriores rivales. Con los Beatles tampoco presumió de cortés. Incluso llegó a caer pesado al cuarteto completo. Cuando se convirtió al Islam las cosas dejaron de ser humor químicamente puro. Las cámaras del gobierno le retrataron varias veces con Malcom X, uno de los hombres fuertes de Eliha Muhammad, el poderoso musulmán de Estados Unidos. No fueron pocos -hasta los hombres de su esquina- los que le pidieron que dejara la broma de la conversión en eso, en broma. Quien conociera Ali, aunque sea de lejos, sabría que éste era empecinado como el dolor de caballo. Le amenazaron con cancelar la pelea. Ni así desistió. Era, después de todo, un hombre de 15 rounds.

Escribiría, después, en su biografía: “En aquellos días me sentí solo. Veía en la Nación del Islam la liberación del pueblo negro de la subyugación y de la opresión. Buscaba libertad, igualdad y justicia”. Ali lee La Lectura, como Mahoma, y acaba en el séptimo asalto con el pusilánime rival. Cassius Clay murió de un derechazo de sombra ante Muhammad Ali, el hombre más popular de la Nación Árabe en la Unión Americana. La historia se sucedió en un serie de volados entre árabes e israelíes. El sistema telúrico diplomático marcó ocho grados Richter.

Ali nunca supo quien era Bertrand Russell hasta que vio una fotografía suya en un diario de Chicago. Otra vez apenado (otra vez raro) el que picaba como avispa escribió una disculpa al filósofo. Russell, contra lo que pudiera pensarse, no dio muestras de ninguna molestia por la ofensa. Mantuvieron un largo epistolario. En una de sus cartas, el que no era tan tonto como parecía escribió: “Usted habla por su pueblo y por todos los oprimidos del mundo; es símbolo de una fuerza que puede destruir, sinceramente suyo, Bertrand Russell”.

Años después Barack Obama fue elegido presidente de Estados Unidos.

Había un póster de Ali en la casa de campaña del presidente negro.

Y así.

 

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