VERBERLÍN

BERLINER

Berlín, 22 de mayo

Por las noches todo es más complicado, hay que armarse de más paciencia que en los horarios diurnos, algo sucede, quizá los fantasmas, esas figuraciones que vienen a cobrar las rentas de abusos anteriores, primero ese dolor debajo de los muslos, luego una especie de quemazón en las muñecas que corre hasta los antebrazos y al final los gritos que ningún abrazo puede domesticar, el proceso de la abstinencia es demoledor, hay que estar cerca de ellos porque todo puede sucederles en cualquier momento, ahora, en cinco minutos, en una hora, así siempre, toda la noche, uno termina agotado, con el cuerpo como flojo, como dos tallas más grande.

Heidi Krull pasó otra noche en el hospital al tanto de todo, la palabra oportuna, la caricia solidaria sobre la frente, el aliento al oído, el masaje casi maternal.

Mientras todo sucede se siente afortunada de poder hacer algo por ellos, no lo dice abiertamente pero lleva algo adentro del maestro Eckhart, esas ganas por el prójimo tan en desuso en los días del individualismo a ultranza, pero luego le viene la terrible duda de si todo funcionará, si servirán de algo los esfuerzos, mantener un cuerpo bajo la influencia de algunas drogas cuesta en esta capital de Europa un poco más de 50 euros diarios, salir de las redes de la dependencia 400 euros al día, pero la desventaja en el balance es lo de menos, para salir del hoyo hay que pasar por lo menos dos meses en el sanatorio, es decir, hay que vaciar las carteras de mamá y papá y hay que pedir prestado a los amigos, a la compañía, al abuelo.

Es por eso que muchos padres y madres prefieren cumplir con las tres semanas que exigen las cajas sociales, los mínimos para satisfacer precariamente el penoso proceso de la revitalización, tres semanas que, en la mayoría de los casos no sirven de nada, al mes siguiente lo mismo, el dolor debajo de los muslos, las muñecas y los gritos aterradores durante toda la noche, porque en la noche todo es más complicado, los fantasmas tienen carné de identidad para salir de paseo cuando la ciudad se ha ido a dormir.

Heidi se levantó después de las cinco de la tarde, tomó café un par de waffles con crema y mermelada de zarzamora. La piel de manzana de su rostro no deja ver ojeras debajo de los ojos, unos ojos verdes como esmeralda.

Dieter Linder, su marido, al que conoció poco antes de que los dos viajaran a Sudamérica y a México, prefiere dejarla dormir lo más que pueda, sabe que mañana volverá al duro trabajo de la restauración de espíritus.

Dieter y Heidi se casaron algunos años después de vivir juntos. Tienen dos hijas, Federica y Frida (a Dieter le cayó tan bien la figura de la mujer de Diego Rivera cuando estuvo en Ciudad de México que decidió llevársela al registro civil berlinés en el nombre de su hija), que han cumplido con la tarea de inquilinas en la casa paterna y han logrado hacer la vida por el camino propio.

Federica es politóloga y vive en Mozambique, Frida es partera y radica Nuremberg, donde jugará México su primer partido del Mundial alemán ante Irán. En la avenida de la globalidad los males humanos habitan en la misma cuadra.

Mientras Heidi explica las razones que han causado el consumo de drogas en los jóvenes berlineses parece que habla por las madres mexicanas del Distrito Federal: la ausencia de comunicación con los hijos, el desinterés de los directores de las escuelas primarias y secundarias y la indiferencia del Estado a un problema urgente de salud pública.

“Para nuestros muchachos no existe límite, es cierto. Pero no es menos cierto que el progreso va causando estragos al interior de nuestras familias. Los padres se ven obligados a trabajar muchas horas al día con tal de que sus hijos tengan acceso a ropa y zapatos de marca. Si no hay mesa para desayunar no importa mucho ya que cada cual almuerza por su lado. Cuando los padres miran al lócker de sus hijos es demasiado tarde.

Es entonces que entra el trabajo y el de mis compañeros. Hay que sacarlos del túnel de la dependencia”, dice Heidi con el genuino estilo de las alemanas, siempre inquebrantables, no son pocos los que aseguran que si este país pudo levantarse tres veces en el mismo en el mismo siglo se debió al espíritu imbatible de sus hijas, esposas, madres y viudas.

Berlín está lista para el Mundial, se la puede ver, recién bañada, limpia, hermosa, como novia antes de la boda. Pronto convertirá un cruce de líneas de metro en el vértice más importante de un continente que ya tienen a sus pies. Sus plazas han ido ganando moda, los cafés despachan en las banquetas y en los pequeños detalles callejeros se deja saludar el torneo de futbol con el que los alemanes quieren dejar en claro que el sol ha salido después de un siglo de cielo nublado.

Sin en Japón los viajeros de metro no tienen empacho en dejar sus bicicletas estacionadas afuera de las estaciones, los alemanes no tienen reparo en meterse al metro con todo y ellas. También aquí la bicicleta tiene derecho de piso, es un medio que lleva al fin.

En efecto, la estampa que ofrece ahora el viejo Berlín Oeste es cautivadora, edificios con diseño moderno que separan y unen con los viejos neoclásicos de los años de Albert Speer, una engalanada avenida Kurfurstendamm, dueña de los mejores recuerdos de antes de la Guerra, remodelada y orgullosa, sus camiones a doble piso y sus barrios pequeño-burgueses tan bien combinados, bares y restaurantes cálidos y amistosos, pero la que ofrece el viejo Este es, incluso, más interesante, el tranvía en medio de calles reducidas, sus viejos edificios de facha monótona han ganado un cosmético de colores que les hacen perder edad, pero lo más sobresaliente de todo es la Hackerescher Markt, punto de reunión de los jóvenes que llegaron al mundo mientras se caían los muros de las ideologías, Berlín seduce por madura y ha sacado el mejor lápiz labial para enamorar al primer despistado que se encuentre en fuera de lugar.

Parece mentira, un país que ha dado al mundo a los máximos escritores y pensadores del humanismo, no puede ayudarse de sus obras para resolver un problema social que va cobrando dimensiones alarmantes: Heidi calcula que siete de cada diez jóvenes han probado algún tipo de droga, casi todos empezaron con la mariguana de Amsterdam y ahora han pasado por las peligrosas drogas sintéticas.

“Me parece que es muy ingenua la observación que hace de nuestro país – apunta Heidi sin molestarse- desde luego que debe haber gente que lee a Hölderlin, a Schiller y a Goethe. Pero me temo que nuestros jóvenes no saben a ahora exactamente quién es Nietzsche o quien es Novalis.

La electrónica nos está comiendo. Me temo estamos en la orfandad, padecemos la caída estrepitosa del Estado y no ha llegado nadie a ocuparse de sus responsabilidades”.

– La señora Merkel, quien ha sido protagonista de la unificación y de la reconstrucción alemanas, ¿puede convertir el tema en una urgencia de gobierno?

– Puede ser que lo haga, después de todo es madre y es política.

La superlativa Berlín se convulsiona sin perder el estilo. Cae la noche, el reloj y el sol pocas veces tuvieron tan enemistados. El primero marca las diez de la noche, el segundo se niega a dormir.

Caminar en la madrugada por las calles de Berlín obliga al viajero de Ciudad de México, a despojarse del pasaporte y de los recuerdos. Las calles, completamente vacías, tienen una seguridad que hace tiempo se perdió en la antigua Tenochtitlán.

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