Un dibujo de Kid Azteca

El Kid era el Patito Feo, el mejor de los mexicanos, un día se fue a la Argentina sin saber si la Argentina era lejos o muy lejos, sin saber si era abajo o arriba, cuánto lejos o cuánto cerca, cuánto arriba, se fue un día porque las golondrinas nunca saben de adverbios de distancia, de tiempo, de espacio, si abajo o arriba, si lejos, se van un día, sin despedirse, empacan lo que no tienen y miran otro cielo donde el viento es aire y nada abajo es parecido. Se van sin irse, es más nunca se van, nadie se va de donde nunca ha sido, y se fue, golondrina, patito, patito color de café, hacia donde arriba era abajo y cerca tan lejos…

El Kid nació en el mero centro de la nada, a unas cuadras del ombligo de la luna menguante y a tres pasos de un desierto de mentiras en donde la magia es religión y la religión una lucha de clases. El Kid vio la luz en el punto medio del universo, un poco a la izquierda. En la noche de un día, en la semana de un mes, en el siglo de un año, en una calle que es todas las calles de los barrios pobres y marginales, el niño que nunca lo fue se tomó la molestia de ofender al mundo no más por diversión.

En la Argentina, donde todo es lejos y el cielo es otro cielo, el Kid tomó un café expreso doble cortado y preguntó: “¿En dónde estamos, que tan cerca está México? ¿Lejos, o muy lejos?”

-Mi Kid -le respondieron como si bromeara- algo mucho más que lejos.

– ¿Y en pullman?

-Aún lejos, mi Kid.

-Pero no tanto ¿no? -dijo en serio, como si Buenos Aires o Córdoba estuvieran a vuelo de pájaro, un poco más allá de San Juan del Río, vale por Laredo.

-Bueno, no tanto. Pero lejos al fin, mi Kid.

-Ya en serio, mano, ¿cuánto haré en llegar si me voy esta noche?

-Pues mucho, como un mes, o dos, qué vamos a saber ché, cómo preguntás esas cosas. ¿México está arriba de Colombia, no?

-No sé mano, pero no voy a Colombia, voy a México. Qué diablos en donde está Colombia. ¿Cerca de Acapulco?

-La mierda, ¿en donde está Acapulpo, viejo? Tomáte tu café y tu media luna y dejá de joder con eso. Mañana sos el bueno, Kid.

-¿Un mes?

-No me jodás.

-¿A poco sí?

-Sí México es muy lejos, boludo, muy lejos más allá de Colombia. Mirá pa que me entendás, es como si estuvieras en las rodillas y quisieras llegar al ombligo. ¿Captás?

-¿El ombligo? Ah. Bueno. ¿Y eso es cerca, o lejos?

-La puta que me parió ¡Muy lejos! En qué cabeza. Escuchá, viejo, luego vemos el plani, ¿viste? Concentráte en lo que estás y punto.

-Sólo dime, ¿conoces Acapulco?

-La pucha, no conozco ni Punta del Este, en qué cabeza cabe, Acapuldo.

-Acapulco.

-Acá pulpo me importa mierda, si que vos sos un tango.

-¿Es lejos o cerca?

-¿Qué?

-Acapulco

-Ni puta idea. Lejos. Muy lejos. Muy, muy, muy lejos.

-¿Y en pullman?

-Te digo que lejos. Basta. Jodéte. Comé y callá. Acapuldo, vaya.

El Kid dejó media media luna sin mayonesa y sin chiles curados sobre el plato y se preguntó qué tan cerca está lo lejos.

Ciudad de México es una calle en donde mis pasos se escuchan en otra calle, como dijo un poeta y luego otro argentino repitió sabiendo porqué, porque en Ciudad de México nada de lo que sucede sucede otra vez, ni los fantasmas, ni la muerte, nadie ha muerto dos veces, hasta ahora. Y si acaso pasa, pasará en Ciudad de México, en donde lo insólito es costumbre y aburrimiento; en donde sólo es sorpresa la rutina. Aquella calle era Jesús Carranza a un lado de Tepito, la nada. Allí, en el número 19, nació el 19 de junio de 1918 Luis Villanueva, nombre tedioso, que un día fue conocido como el Kid Azteca, peculiar entre la muchedumbre de ídolos de una tierra sin héroes, sin Aquiles y sin Ulises. Duró catorce años como campeón nacional, y no hay estatuas que le recuerden, porque en Ciudad de México se rinden monumentos a todo, menos a los monumentos, sólo es eterno lo que se puede borrar de un plumazo.

El que nunca habló, habla, a cuestas como el que sabe que habla a cuestas, como Sísifo bajo la roca. Le cuenta a Raúl Talán, en Y fueron ídolos a principios de los cincuenta del siglo XX:

“En 1927 estaba en Laredo. Fui con un amigo a bañarme al río Bravo y de regreso pasamos por una placita de gallos, en donde hacían peleas de aficionados”. El Kid dijo vamos a ver cómo es eso. Y fue con su amigo. Resultó que faltaba un preliminar “y me encampanaron y me ofrecieron cuatro pesos por cuatro rounds”. Dice que le gustó desde ese día ganarse los quintos. Y desde entonces “seguí peleando cada vez que se ofrecía, que era cada semana por lo menos…”.

Ninguna golondrina tiene la frente marchita, ninguna vuelve, ninguna es oscura, ninguna es Gustavo Adolfo Bécquer, hasta donde se sabe. Cuando el Kid regresó, era un ave sin especie, sin género y sin familia. Patito, patito color de café si tú no me quieres yo sé porqué. El Kid fue un cisne que nunca encontró el camino.

“No me acuerdo como se llamaba mi contrario. Lo que sí me acuerdo es que me gustó bastante aquello. Nadie me enseñó. Aprendí solo con los cuates. Al poco tiempo yo iba solo a peliar a San Luis, a Monterrey, a Laredo. Y luego a San Antonio. Entonces me llamaban el Kid Chino”.

En el café Bortoni de Buenos Aires, en el que Borges y Sábato discutirían no mucho después de literatura, del renacimiento y de Dante, alguien le preguntó al Kid quién le había enseñado el 1-2-3 del boxeo. “Nadie”, respondió el Kid con una sinceridad a prueba de ganchos. “Aprendí solito con los otros cuates, en la calle”. Tepito fue una universidad en la que sólo los doctorados llegaron al profesionalismo; pero en la licenciatura y el bachillerato había estudiantes tan bien preparados que podían ejercer fácilmente de profesores adjuntos de la tranquiza. En Tepito, El Kid fue honoris causa y catedrático por oposición en esa Princeton del putazo.

-Pero, ¿debió enseñarle alguien el jab, el gancho, el recto?

-¿Quién puede enseñarle algo a alguien que sabe repartir golpes desde la cuna?

-No es lo mismo, Kid. Usted tiene un estilo pulido, buen trabajo de cintura, y buena, cómo decirlo, buena costura.

-En la ciudad en la que nací –dijo, mirando a la nada- uno es boxeador desde el momento en que le registran ante el juez.

-Entiendo, Kid. Pero platíqueme de sus comienzos en el noble arte.

-Mis comienzos son los de todos, las calles. La calle es mi madre. ¿Qué es eso del noble arte? ¿Qué es arte?

-Bueno, cómo decirlo. A ver. Déjeme pensarlo. Arte es. Es, cómo decirlo. Arte es, para que me entienda, un buen guiño, un trancazo bien dado.

-Ah.

-¿Me entiende?

-Algo, sí.

-¿Y qué me dice, pues?

-¿Noble? No veo nobleza en partirle la madre a alguien.

-Bueno, Kid, es una forma de decirlo.

-Diga lo que quiera, pero en el boxeo no hay nobleza. Hay unas ganas de acabar con el otro. Eso es todo.

-¿Todo, no hay gracia, no hay atletismo, gimnasio, músculos?

-No se ofenda. Eso de nada sirve si uno termina en la lona.

-¿Por qué cree que debería ofenderme?

-Porque no sabe nada del boxeo, de lo que usted llama arte noble.

-Acabémosla, ¿quién lo hizo boxeador tan suyo?

Con el Kid sucedía, para quienes los vieron de cerca, que la admiración se topaba con algo ingenuo, duro como el granito. Era casual que un reportero joven llegara y dijera:

-¿Kid Azteca? ¿Es usted Kid Azteca?

-Sí

-Yo lo admiro.

-¿Y por qué?

-Por sus peleas. Maravillosas, mi Kid

-Muchacho, no sabe quien soy. No me vio. Agradezco que me llame Kid.

-Pero…

-Pero… nada, con todo respeto, no diga nada.

-Ok.

-Buen muchacho.

-Pero…

-Dígame…

-¿Puede darme una entrevista?

-Claro. Pero no me pregunte de cosas que ya no recuerdo.

-Desde luego, ¿cómo empezó en esto del boxeo?

La misma pregunta aregntina. El Kid nunca fue lo que llaman… elocuente. No era miembro del triángulo Casanova-Conde-Zurita. La novela de aquellos años. Siempre fue discreto, cuento oculto. Peleó con Casanova y perdió. Fue desde ese día actor de reparto de una época que casi se ha olvidado de él. Hay aves que vuelan mejor a media distancia, entre el cielo y el suelo, como si supieran que el cielo y el suelo son atroces. Zurita fue campeón mundial; Conde, un Dandy; Casanova una paloma negra. El Kid fue eso, el Patito Feo. Zurita se retiró y fue próspero en los negocios; Conde trabajó para el gobierno; Casanova se nacionalizó borracho y se fue a otro mundo. El Kid, en cambio, llevó para siempre en la facha la época que lo modeló, trabajo en una que otra película, y apareció de vez en cuando en reuniones del Consejo Mundial y de la Comisión de Box y Lucha acompañado de su gran amigo Carlos Montes. La gente que lo veía pasar, trajeado, de corbata y pañuelo, veía pasar un exiliado de otro tiempo; lo que había quedado sobre el mantel de un picnic de la historia. Cuando el pasado se fue, se olvidó de llevarse al Kid, un fantasma, una sombra de pocas palabras.

“Un día –dijo- me agarró Pancho Rosales, para entonces, Julio Montes me había quitado de lo de Kid Chino, que no me gustaba, y me puso alguien Kid Azteca, creo que fuel mismo. No. A ver. Recuerdo, creo que sí, sí fue él, el que me puso Kid Azteca. Es mentira eso que de nací en Aztecas, en Tepito. Nací en Jesús Carranza. Pero…”

-Pero.

-Ustedes los de la prensa dicen cada cosa.

-¿Cómo cual?

-Que fui Kid Azteca, por la calle Aztecas.

-¿Y no?

– No.

-Bueno, ¿qué más?

-Nada. Quiero volver a mi México. Eso es todo.

En Argentina, el Kid, que asombra a Cortázar, “pelió” doce veces, entre Buenos Aires, Córdoba y Rosario. Ganó en ocho, perdió en cuatro. Media luna. Sí, pero todo a media luz, segundo piso ascensor. Es un brujo el amor.

“Conocí a una argentinita y medí a la pachanga- le dijo a Talán en aquella caprichosa entrevista. Gasté todo mi dinero y luego se me ocurrió escribir diciendo que me mandaran para el pasaje. Y cómo me pusieron. No me mandaron un solo quinto y cómo me desprestigiaron. Total que me vine a nado a base de trompones”.

Las luces a lo lejos van marcando mi retorno, escuchó El Kid, el viejo tango de Gardel. Hondas horas de dolor, tango y confesión. Es un soplo la vida. Un dulce recuerdo que lloro otra y otra vez. Las nieves del cielo platearon mi cien. Para él, el tango era la única literatura posible: a nadie le pueden quitar una que otra frase de la memoria de uno mismo, aunque esa frase sea construida con un puño de palabras que elementales, sin primaria terminada. Valores y doblés.

Cuenta Julio Cortázar en La vuelta al mundo en ochenta días: “escogía el perfil, casi la ausencia del tema, evocándolo como quizá la antimateria evoca la materia, y yo pensé en Mallarmé y en Kid Azteca, un boxeador que conocí en Buenos Aires hacia los años cuarenta y que frente al caos santafesino del adversario de esa noche armaba una ausencia perfecta a base de imperceptibles esquives, dibujando una lección de huecos donde iban a deshilacharse las patéticas andanadas de ocho onzas: …

El Kid no vive en la impostura, ni la postura. Cambalache, problemático y febril, dice el tango. No sabe quien es Julio Cortázar antes de morir, lo dijo, esta pluma lo sabe y no miente.

-Hubo un escritor que lo vio y lo cita, Kid.

-Quién?

-Julio Cortázar

-Julio….

-Cor

-Cortázar

-tázar

-Sí, Cortázar

– Cortázar…pus no, no me acuerdo. Sí, si estuve en Buenos Aires. ¿Cómo dice que se llamaba?

-Julio Cortázar, alto, muy alto.

-Sí.

-¿Se acuerda?

-No. Pero me acuerdo de una argentinita…

-Y qué recuerda de ella, Kid

-Casi nada. ¿De quién?

-De la argentinita

-Ah, qué bonita.

-¿Y?

– Nada, muy bonita. Sí…

Las palabras del Kid tenía ese olor a naftalina que caracteriza a los viejos hoteles de Buenos Aires. Murmuraba escenas que quedaban interrumpidas como jabs al aire. Intentaba contar también las peleas históricas con Freddi Zivic, las dos de San Antonio, una robada y la otra bien perdida, la de Houston, también perdida. Y la cuarta en la Arena Nacional. Aquella noche El Kid volvió a realizar lo que observó Cortázar: una ausencia perfecta a base de imperceptibles equives, dibujando una lección de huecos donde iban a deshilacharse las patéticas andanadas del oponente. “Aquí te suena Azteca”, gritaba la arena, delirante ante el nocaut en el quinto. El siempre sostuvo que su mejor pelea no fue aquella contra el Chango, sino otra en la que venció a David Velasco por el centro nacional, a puntos el 23 de octubre de 1932, en la Arena Nacional.

-¿Cuando se retiro, Kid?

-En el 46

-The Ring dijo que era el mejor welter de su época.

-¿De qué?

-La revista americana de Boxeo.

-Así, claro, es que duré 14 años de campeón, fíjese no más, no es poco, ¿verdad?

-Es una eternidad.

-Eternidad, la que me espera.

-Ja, no diga eso, mi Kid

-Lo digo porque lo sé.

-Ojalá no sea pronto.

-Ojalá sea pronto. Ya viví lo suficiente. Y mucho más. No le temo a la muerte. Ha sido un placer.

El Kid fue un cometa que voló apenas abajo del cielo de la vida. Si tu no me quieres yo ya se porqué, el pato voló, la pata también y allá en la laguna se vieron después.

*Tomado de mi libro Boxeo en México, la fe en el campeón. 

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