Tú eres yo

Desde las más primitivas y cortas palabras, Martin Buber (1878-1965) llena una obra fascinante, conmovedora y deslumbrante. Yo y Tú (Caparrós Editores) parece esconderse, como suelen hacerlo lo libros inteligentes (Masa y Poder, de Elias Canetti, sería otro gran ejemplo), detrás de los anaqueles de la publicidad y la farándula del mundillo de las relaciones públicas y los récords de ventas.

Buber no “encaja” con la política editorial, entre otras razones porque “no vende”

Las ferias de libros suelen convertirse fácilmente en ferias de autores, en agasajo de conferencias, en las que la prensa lo tiene todo “a la mano”. Rara vez se vuelven festines de lecturas. Absurdamente de lo que menos se habla es de libros, del contenido de los libros.

Desde luego hay muchos caminos para acercarse a la cultura del libro, la hebrea, que es también la cultura del diálogo. Entre las entrañas de la sobreoferta, uno de los más próximos, más íntimos y más cautivadores es el que propone Buber en Yo y Tú: las primarias palabras que representan dos imágenes del mundo, dos seres, que al reconocerse se diferencian.

Las lastimadas condiciones espirituales del México, que desconocen la existencia y la acción de el otro, apremian la urgente lectura de este generoso autor de las básicas y, por lo tanto, supremas inquietudes humanas.

“A los sentimientos humanos se les tiene”, sentencia Buber. “Pero el amor ocurre. Los sentimientos habitan en el ser humano; pero el ser humano habita en su amor. Esto es ninguna metáfora, sino la realidad. El amor no se adhiere al yo como si tuviese al Tú sólo como contenido, como objeto, sino que está entre Yo y Tú. Quien no sepa esto, quien no lo sepa en todo su ser, no conoce el amor, aunque atribuya al amor los sentimientos que vive, que experimenta que goza y exterioriza”. Buber, entonces se acerca a lo sublime: “El amor es una acción cósmica”.

Sin caer en el lenguaje simplista del autor de superación personal que pretende escribir lo que el inválido lector quiere escuchar, Buber, profundo escudriñador del ser, agrega: “A quien habita en el amor, a quien contempla en el amor, a ése los seres humanos se le aparecen fuera de su enmañaramiento en el engranaje; buenos y malos, sabios y necios, bellos y feos, uno tras otro, se le aparecen realmente y como un Tú, con existencia individualizada, autónoma, única y erguida; de vez en cuando surge maravillosamente una realidad exclusiva, y entonces la persona puede actuar, puede ayudar, sanar, educar, elevar, liberar”.

Si, como dice, en la relación máxima entre dos seres que identifican por fin ya no existe ningún sistema de coordenadas, entonces: “El amor es responsabilidad de un Yo por un Tú; en eso consiste la igualdad -y no en ningún tipo de sentimiento- de todos los que se aman, desde el más pequeño hasta el más grande, y desde el más anímicamente guarecido, aquel cuya vida se halla incluida en la de un ser amado, hasta el de por vida escarnecido en la cruz del mundo, aquel que pide y aventura lo tremendo: amar a los seres humanos”.

La cultura de la palabra oral y luego textual llevó, en el Libro de Job, el diálogo a lo más patético y perturbador. Buber, por un tiempo ferviente crítico de san Pablo, reconoce que en el principio está relación, el puente: la petición del Tú. “El ser humano se torna Yo en el Tú”, asegura con una brillantez casi iluminación. “Ciertamente aun aparece tan sólo la trama de la relación, en la referencia al Tú, como un llegar al conocimiento de aquello que tiende al Tú y que no es el Tú, pero emergiendo cada vez más fuertemente, hasta que al fin el vínculo se rompe y, a lo largo de un gran instante, el Yo se enfrenta a sí mismo, el disuelto, como a un Tú, para tomar en seguida la posesión de sí, y en adelante entregarse en su toma de conciencia a las relaciones”.

Aquí entonces el gran evento: el Tú es el comienzo y el fin del acontecer del Yo. “El mundo del Tú no tiene ninguna coherencia en el espacio ni en el tiempo: tú le dices Tú y te das a él, él te dice Tú y se da a ti”. Algo viene después, una cascada de descubrimientos hasta el último, el insobornable: “El Tú no te ayuda a conservarte en vida, solamente te ayuda a vislumbrar la eternidad”.

Pero, ¿qué sucede con el egoísmo del Yo que le impide reconocer el camino del Tú, acaso también egoísta y cargado de pasiones propias? Buber aclara antes de responder: el Tú me sale al encuentro por la gracia. Ya en Dos modos de fe, el judío nos devuelve el valor sutil de la palabra gracia en el entendimiento con Dios. Aquí, en las relaciones positivas, el significado es quizá más natural, más entendible:

“La relación con el Tú es inmediata. Entre el Yo y el Tú no media ningún sistema conceptual, ninguna presencia y ninguna fantasía. No media ninguna finalidad, ningún deseo y ninguna antelación, y el anhelo mismo cambia puesto que pasa del sueño a la manifestación. Toda mediación es un obstáculo. Sólo donde toda mediación se ha desmoronado acontece el encuentro entre el Tú y el Yo”.

A final de cuentas, propone en el epílogo de Jerusalén (1957) cada encuentro con el Tú , con los muchos Tús, es acercamiento con el Tú eterno. La historia, según Buber, es una aproximación misteriosa y la palabra es, siempre, revelación. Ninguna tan corta y tan extensa, ninguna tan simple y tan abrumadoramente compleja y fascinante, como Tú.

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