Fontanarrosa, delantero centro

Sin Fontanarrosa, el juego más lindo moriría de cursilería. Solía decir que los hombres se equivocan rotundamente. Salen a cenar con la novia y luego la invitan al hotel. Debía ser al revés para no poner en aprietos al estómago. Le llamaban El Negro y no negaba ninguna entrevista porque le gustaba presumir su larga colección de camisetas de todo el mundo. Si lo buscaba un reportero de México, por ejemplo, se ponía una estampada con la imagen de Zapata con todo y cananas.

“Para estar a tono, ¡eh!”, decía, con una voz amable, ajena a su torcido trazo. Los problemas le llegaban cuando la solicitud venía de un oficiante de un país desconocido en el mapamundi de su ropero. Entonces se ponía la de Rosario Central, porque antes y después de todo, Roberto fue un canalla irrenunciable.

En Escenas de la vida deportiva, el tercer mundo equivale a plantear una cascarita y olvidar el balón cuando está a punto de comenzar el partido. “Total, para ustedes todo es igual”, apunta como si escribiera un argumento para una parte del mundo que se llevó la Guerra Fría y sus laterales. La pluma plagia un par de líneas de Wilmar Everton Cardaña, número cinco de Peñarol, para definir al astro más maravilloso que ha dado el futbol al margen de las canchas:
“Yo sé que es difícil imaginar, suponer, adivinar, una persona tierna y sensible escondida tras la carnadura hosca y prepotente de…” Fontanarrosa. Pero créanlo que sí, el autor de Boogie podía ser de una ternura inconsolable, casi melosa. Escribe en No te vayas, campeón: “Los jugadores actuales lucen más imberbes, quizá por esa indiscutible idea de Darwin de que nos estamos alejando lentamente del mono. Pero los de antaño parecían más grandes, fundamentalmente, porque yo era un pibe. Poco después, yo tenía la misma edad de los jugadores, éramos iguales, éramos pares. Con el tiempo pasé a tener la edad de los directores técnicos. Ahora estoy en una edad en la que uno, en cualquier momento, pasa a brindarle su nombre a un sector de las plateas o al salón de billares de la sede social”. Encantador.

No hay manera de evadir a este líbero del césped de las letras: la caricatura, la novela, el cuento, la historieta, el periodismo, por todos lados llega con cara de perro; pressing desde la salida. Quiso en el fondo ser él mismo, aunque en el fondo soñó con ser genio y que los dioses se pararan a aplaudirle hasta sus gestos en la ceremonia de los himnos. “Mi fracaso en el futbol –dijo en Cuentos de futbol argentino- se debe a dos motivos: primero, mi pierna derecha; segundo: mi pierna izquierda. Tal vez por eso todo prolegómeno que demore un parido de futbol, me molesta”.

Ja. A todo mundo.

Fontanarrosa, tan extrañado en estos días de felicidad aplicada, es tajante en Semblanzas deportivas: “Desde que los técnicos y los críticos complicaron el futbol, la aparición de los sicoanalíticos en el más popular de los deportes, se hizo constante”.

A él, bueno, a su narrador que es él, le tocó el romanticismo, agrega: “Yo he conocido cientos de casos, como el de Gabino Picerni que se orinaba en los córners, o el de Anastasio Iselín Montero, que se brotaba de urticaria tan sólo de escuchar la palabra off-side”.

Otro ja.

Si Fontanarrosa viviera, Messi no estaría tan solo. Hay jugadores que necesitan de su Homero para la eternidad. No te fuiste, campeón.

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