Vettel, el niño que odiaba la escuela

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Nada sucede así. Nada brota. Ningún hecho es un hecho aislado, espontáneo. Al menos no, nunca, en el deporte. Un hombre grande lleva a otro grande y éste a otro, el devenir, el pasado, el presente están perfectamente ligados en el largo discurso de los héroes deportivos.

Sebastián Vettel se hace de cuarto título al ganar en su imposible Alemania, en donde Michael Schumacher se volvió un lugar común; más cerca de su cuarto campeonato mundial seguido, Vettel es una imaginación de vértigo. Siempre los puentes.

El mundo hablará de Sebastián Vettel, el alemán de Heppenheim, el niño que odiaba la escuela, que terminó con buen diploma el gimnasium, el chico más bien discreto, el novio de Hanna, el fan de Michael Jordan, de Michael Jackson y Michael Schumacher (quizá de San Miguel Arcángel, con tanto Michael), el niño que cantaba a The Beatles, quizá She Loves you en las versiones del grupo en Hamburgo, en la Reeperbahn, frente al puerto, allí donde pecado y placer valen lo mismo a la hora del confesionario, quizá, también, I want to hold your hand, quizá, con Vettel, nadie sabe nada, sólo que era un genio, como el par de Liverpool,

el pequeño “Shumie”, el hermano de las niñas cuyos nombres terminan con “ie” y de los niños, dos, que terminan en “an”, el pequeño Kaiser, aunque Kaiser sólo hay uno y maneja el coche cuando llega a las oficinas del Bayern de Munich, Beckenbauer.

mañana los diarios, las televisoras, las páginas de internet, los twitts; las plazas, en Weimar, en Leipzig, en Berlín; en México, en Buenos Aires, en Bucarest; en los metros de Nueva York, Londres y Tokio; en el Tibet, en Moscú, en Monrovia; en la colonia del Valle del DF, en la Condesa, en la Roma; aquí, aquí, aquí, dirán que Vettel se pone a modo de la historia,

Dirán cifras, récords, estadísticas. Pero las alas del deseo van más allá del vuelo. Pocos han hablado de Gerhard Noack, el hombre que apoyó a Schumacher y luego, presentado por el mismo Schumacher, a Vettel:

“Dediqué mucho tiempo y esfuerzo, 10 años, en sacar adelante la carrera de Sebastian. Alquilé mi negocio en 1997 porque estaba convencido de que algún día se convertiría en campeón del mundo de F1. Parece que la inversión mereció la pena. Y no me he hecho rico por ello. Es un caso sólo de satisfacción personal. Seb no ha cambiado, es muy humilde, y está rodeado siempre que puede por sus padres y hermanos”.

Todavía viven en la web las fotos de Schumi, Noack y Vettel, casi niño, más adolescente, juntos en una especie de entrega de estafeta de la inmortalidad. Fue el mismo Schumacher el que pidió ayuda a Noack para apoyar al hijo del modesto ex corredor y mecánico de plazas, el niño que necesitaba financiamiento para la grandeza.

Noack es el puente que une a los dos más grandes pilotos alemanes, máquinas de disciplina, esmero y tezón.

Un día, hace mucho, la hermana mayor venció a Vettel en una carrera de karts, Sebastián no cenó; menos durmió. Esa noche, frustrado, pensó en el futuro; vencería a todos y sería grande entre los grandes.

Hoy con Schumacher y Noack en la espalda del tiempo, está cerca de serlo.

Alemania ha caído, por fin, rendida ante ese Schopenhauer del volante.

Y así.

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