Murray, revés a la historia

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Nada en Escocia es sencillo. Andy Murray ha necesitado de cuatro oportunidades de partido para resolver un desafío contra el tiempo. Y lo ha logrado contra todo: ante el número uno del mundo; ante su inconsistencia, sus pasajes emocionales autodestructivos de ediciones anteriores y ante 77 años de historia. Este escocés ha vencido descaradamente en tres sets al enorme, valiente y sobre trabajado Djokovic en el All Englland Tennis Club para convertirse en el primer británico campeón de Wimbledon desde 1936.

Robert Louis Stevenson, también escocés, habló de las leyes ideales de la ilusión. El de este domingo 7 de julio de 2013 (día de la historia), ha sido un encuentro repleto de ilusión, de engaño y de muchas certezas. El tenis es bello, casi de patética hermosura, porque es emocional, porque es el deporte más evidente. El juego -los pasajes del juego- no es otra cosa que un debate de emociones, de estados de ánimo, de quiebres mentales. La observación de Ortega, uno y su circunstancia, no ocurre de mejor manera en otra disciplina humana: el tenista se debate punto a punto ante sí mismo y contra el destino, contra un destino en pantalones cortos representado en un rival que, al mismo tiempo, se juega su circunstancia y su ser y tiempo ante el de este lado de la red: el tenis es un litigio sicológico, siempre.

Cuando Murray se colocó 2-0 en el tercer set parecía, en efecto, que el sol no se pondría en Gran Bretaña. Pero el escocés cayó, otra vez, en ese pozo sobre emocional que frecuenta en los momentos de mayor presión. La consecuencia de ese bache mental le hizo perder cuatro juegos seguidos. Con 4-2 a favor de Djokovic, dueño de un corazón y un temple únicos, amo de un gran tenis y de un coraje extraordinario, el partido parecía emparejarse.

Pero el gran tenis, recurriendo a Stevenson, sólo existe en el terreno moral, es “una prueba fehaciente de la disipación de la conciencia humana”. Murray hizo de la disipación un saque y de la consciencia un alcance a todas la pelotas, a todas, hasta las imposibles. Ante eso, ante el temperamento desbordado en alta mar, no hay rival que se interponga.

Aún así, ya con tres match point en contra, con el 5-4 y saque (el juego del hombre) de Murray, Djokovic se dispuso a alargar los nervios. La desesperación se volvió un intercambio de voleas y errores no forzados. Ventaja para uno; iguales. Ventaja para el otro, iguales.

Hasta que llegó la cuarta oportunidad del partido para Murray, ante el primer ministro James Cameron, que tiene pendiente el tema Escocia como uno de sus urgentes. Nada es sencillo en Escocia, mucho menos la relación política con Inglaterra.

En Londres, la capital del Imperio, Murray cumplió con su papel shakespeariano de redentor del tiempo y de espada moral: logró el punto final con más pasión que dulzura.

El tenis es bello en la medida en la que es ilusión e imaginación del hombre, de la consciencia disipada del hombre.

Gran día en Londres, ganó Escocia. Stevenson remata: “el interés no está en lo que un hombre elige hacer sino en cómo elige hacerlo…”

Murray, ese cómo.

Y así.

 

  

 

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