Weininger y Jordan: lo genial

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Hace 110, 1903, años apareció, como una ráfaga, una obra asombrosa para Occidente: Sexo y Carácter: una investigación de principios. Su autor, nacido en (¿dónde más?) Viena en 1880, se suicidaría poco tiempo después de la publicación de ese libro (tenía 23 años); el único que vio en vida. Mal vista, y publicada casi con indiferencia, la obra ganaría popularidad espectacular hasta que el nazismo se encargó de retirarla de las librerías; para entonces ya había alcanzado casi treinta ediciones.

Documento indispensable para el entendimiento del yo, Sexo y Carácter viene a cuento con la figura de Michael Jordan -ahora puesto en sospecha por un compañero de equipo de poca monta, como los semis que nunca que llegan a finales- por el valor que encontró Otto Weininger en la realización imperativa del héroe en el compromiso de su tiempo. El yo absoluto, fichetano, en vida diaria. El, sin duda, brillante austríaco encuentra en el genio uno de sus grandes focos de estudio: ese ser lleno de valor que se reconoce por su individualizadora universalidad y la mayor voluntad de eternidad.

Jordan, al margen de sus siempre favorables estadísticas, no puede ser reconocido, meramente, como un genio en la medida de sus puntos por partido, sus rebotes, sus asistencias y sus títulos en la National Basketball Association. Aun cuando sus logros en el terreno de la aritmética del baloncesto son sobresalientes, casi únicos, siempre hay alguien que le supera en muchas de las categorías numéricas: porcentajes, puntos totales y campeonatos y lo que sigue. Reducir a una figura de la estatura cósmica de Jordan a una suma y resta equivale a valorar a un gran artista como Beethoven de acuerdo a la lista de discos vendidos en el Billboard.

Para lo que ven las cosas más allá de la siempre polémica de la cifra, valen la pena los argumentos de Weininger sobre el valor y cualidades del genio.

“Un hombre –dice- es tanto más importante cuanta más importancia tienen para él las cosas”. No hay, quizá no habrá, un jugador profesional de basquetbol al que el juego le haya sido más importante. Quizá sí: la gente que lo veía haciéndolo notar, dejando patente cuán importante era para él el juego. “Es por su memoria por lo que el genio consigue sustraer su existencia a la voluntad de Cronos”, dice el asombroso joven vienés. ¿Acaso alguien ha logrado olvidar el binomio perfecto: Michael Jordan, aquellas noches sus títulos, aquel Dream Team y aquel estilo?

Si, para Weninger, un hombre se puede considerar genial en la media en la que vive consciente con el universo, para Jordan el universo, como nunca antes, es el mundo, el mundo que sabe perfectamente que en él algo está sucediendo, algo será distinto para siempre. Al genio nada le es extraño. A Jordan, ningún territorio del mundo le fue ajeno; ni Palestina, ni el Tibet, ni Bariloche. Todo se congestionó en la figura que hizo del basquetbol un asunto propio de una estancia del tiempo. Bien dice Weininger: “Un hombre debe considerarse tanto más genial cuantos más hombres encierra dentro de él. El genio es el microcosmos”.

Jordan es, sí, el microcosmos de una especie humana que gusta de los encestes. Macrocosmos, doble genialidad, en la medida en que hizo del juego un asunto externo, propio, de los que nada sabían del juego en sí. Para Weininger el genio está ligado a todas las cosas por la simpatía y, sin embargo, se sabe solo, alma solitaria en el universo.

Después de los escándalos de apuestas, legales e ilegales, de su padre, quien muere enfermo de ese mal que atacó a Dostoievski, el azar, Jordan fue un ser solo, casi enfermizamente solo. Pero, lo cuenta él mismo, a la hora de entrar a la duela asistía a ese asilamiento mental típico del misticismo en el que el dolor concurrido se sufría en una forma de soledad pública: entraba en ese túnel extraño, casi budista, donde no había nada, nada, nirvana abajo del aro. No escuchaba al público, por el que se brindaba, ni al equipo rival, ni al comentario fácil de la prensa. Jordan, en el túnel, era un genio que trabajaba solo en la partitura del desplante único, el tic, el estilo, la forma que deja el artista sobre la piedra.

Y, último punto:

“El genio –dice Weininger- es un ser profundamente erótico”. Jordan, en ese sentido, vino a darle un maquillaje, una necesidad, un deseo, único a un deporte sin vuelo y sin alegría; plano y casi repetido, de pura monomanía, aunque después descaradamente circense, monstruoso y desagradable de tanta fanfarria y acrobacia.

Dice Weininger que amar es reconocer la imagen ideal de uno mismo proyectada en otro: Jordan fue la imagen ideal de un mundo que hizo de él la idea y el sí mismo.

No habrá nadie en la duela como Michael Jordan, ese encuentro que nos evitó la búsqueda.

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