Tenis, Woody Allen, Wimbledon

Imagen

Nunca nos pusimos de acuerdo. Ella se volvió arcilla. A mí me gustaba la hierba. Yo sacaba por derecha. Ella recibía por izquierda. Ella de blanco; yo de colores y melena larga. Yo servía para el partido cuando ella voleaba; ella se subía a la red, yo me quedaba en el fondo, disfrutando el pase. Entre más cerca estaba de ella, más lejos me encontraba.

Así pasamos un set. Largo 7-6 de muerte súbita. Luego otro digamos amable, 4-4 y perdí el 5-4 y el saque; rompió mi servicio con un golpe de pase al tercero y definitivo.

Veíamos a Woddy Allen entre sabanas blancas y pelotas verdes. Ida y vuelta. Vuelta e ida. 6-9 no es tenístico, pero y sí. Y así. Otra vez. Poc, poc; poc, poc.

“Eres un saque as para los juegos de Gran Slam”, me dijo un día como top spin. Yo devolví, cortés: “Eres la número uno del mundo. ¡Maestra!”. Nuestro juego también era de cancha dura y artificial.

Fuimos a Wimbledon, amor pasional con sus asegunes, una infedilidad y un revólver, el asesinato del corazón como una de las bellas artes; en París y ella fue La Maga a la que encontré en una esquina sutil y céntrica de la cancha, donde amor y odio hacen una agridulce salsa de tinto y velas; en Nueva York, de plano nos odiamos, ella, pobre,  terminó en Jersey y luego, en South Phili, donde los diarios se venden por colonias y farmacias.

En Melbourne, en Brisbane, en Sidney y en Camberra, jugamos a los canguros y me dormí en su panza hasta la primavera. Saltamos todas las noches australes e hicimos el amor creyendo que el mundo giraba al revés. “Eres austral”, le dije. “Y tú, tan boreal”, respondió como si quisiera acabar el juego en un punto.

No somos, me dijo. No somos, repitió. No somos, volvió a repetir y así hasta el calambre. Ok, dije con un toque magistral, dejadita de burla, casi ofensiva de tan coqueta.

Regresamos a las canchas de renta en Acapulco. Poco antes de que se acabará el interminable sol naranja como pelota enorme de tenis. Me dijo: “No quiero perderte nunca”. Entendí que debía asistir a la cita como sportsman, caballero de corbata que no utilizaba.

Le dije:

“El punto, el juego, el set y el partido son tuyos; ganaste”.

Cuando llegué a la red, cándido y honorable, con ganas de ser reconocido como noble, me soltó un remate:

“No quiero volver a verte, no sabes cuánto y cómo te odio…”

Desde entonces, odio el tenis y sus consecuencias.

Y así

Advertisements
Standard

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s