Heracles Alcides Edgardo Ghiggia

Imagen

Toda tragedia deja pistas. Lo que espanta no es el drama, el capricho de los dioses; tan susceptibles. Lo que aterra a los hombres es justamente eso: la huella no vista entre el mito, entre las sombras del mito. Una de las múltiples formas de Heracles (de las múltiples formas del héroe) es Alcides, descendiente de Alceo.  Se ha hablado, hasta el desdén, de los doce trabajos del hacedor de insólitos. Una pista, escurridiza, desbordó los siglos para arribar al reciente pasado; ayer.

El 22 de diciembre de 1926, en Montevideo, nació un niño que pronosticaba el silencio, esa forma sensual de la muerte. Fue bautizado como Alcides Edgardo Ghiggia. Por su venas corrían pasiones italianas. Ghiggia era, sin adivinarlo, de la estirpe de Eneas, el sobreviviente de la Troya de Príamo. Padecía un encargo, que, como todos, desconocía. Su pendiente nada tenía que ver con el común ajetreo de los mortales, tejedores de tedio.

Debutado en el Sudamérica, en el paisito, al que los narradores llamaban la República Oriental del Uruguay, Ghiggia pasó pronto al Peñarol, equipo de trenes y guardavías, amarillo y negro, como la locomotora Rocket. Le esperaba el destino en la estación central.

Heracles, Alcides Edgardo Ghiggia, asistió, indiferente, al día de la gloria, el día inmortal. Enfrente estaba Atlas, El Brasil. Coloso amarillo, como manzana dorada. En el templo eterno del juego, Maracaná, el hermano mayor, esperaba el sacrificio público celeste para la consagración del tiempo. Heracles, Alcides Edgardo Ghiggia, era, sí, otra vez, el rompimiento del tiempo, esa convención. El héroe es todo el tiempo reunido, el destiempo, refutación del orden humano de las cosas: en el héroe todo ha sido, todo será, todo es:

Hoy es aquel 16 de julio de 1950, este minuto es aquel 34 del segundo tiempo, ahorita ocurre aquel tiro de Heracles Alcides Edgardo Ghiggia en la potería carioca, ahora mismo el arquero Moacir Barbosa asiste al óbolo de aquel sueño de 200 mil silencios, formas macabras que nieblan todavía el Aqueronte, ahora mismo, en este momento, Jules Rimet esconde las palabras del banquete, las pistas no leídas de la tragedia, la locura del futuro, la devastación infantil de las generaciones siguientes del Brasil, la hidra lastimosa riega aquel canto fúnebre de la pelota sobre el campo, en este instante se enmohece la cancha esmeralda del estadio mausoleo del mármol.

Delfos dejó la pista, Heracles Alcides Edgardo Ghiggia, descendiente de Eneas, volteó a ver, sin espanto, la caída de las nobles murallas de Troya.

Bebió el vino de Dionisio y burló los escombros que el mismo había causado.

Nada ha sucedido desde entonces.

Y así.

 

Advertisements
Standard

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s