Fontanarrosa, Boogie de líbero

 

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Se necesita estar torcido para nacer canalla y presumirlo. Roberto lo hizo. Fue allá, volvió, regresó y aquí, aquí, volvió a hacerlo: soy canalla ¿y qué? Con Fontanrrosa, el futbol se convirtió en un juego de espías en el que las claves se escondían en la portería sur del estadio. Existe un lugar, en la ladera este del césped, en donde se dirime aún la Guerra Fría y la CIA da instrucciones para corromper al árbitro. El Negro ve de cerca ese juego sucio, lleno de trampas y jeringas. No se apena ni se mustia. Al contrario, se divierte. 007 juega de extremo y Maradona se infiltra. Todo cabe en el ojo del cronista de los entresijos donde se esconde la malicia: dibuja, escribe cuentos, novelas y tiras largas. Como buen agente secreto de las encrucijadas del área, Fontanarrosa se disfraza de cronista. Revela, se rebela. Canalla, al fin. Sin Fontanarrosa el juego más lindo moriría de cursilería. Por fortuna quedan pruebas que lo condenan como artillero del trazo torcido del sistema. 

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