Los nuevos ídolos

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Nunca supimos cómo llegó. Tampoco qué hacía entre nosotros. A nadie se le ocurrió preguntar quién era ese hombre ni qué lo movió a juntarse con nosotros cada noche que llegábamos a La Jalisciense a beber un par de tragos, después de la oficina. El hombre se fue haciendo de un lugar dentro del grupo y terminó siendo parte de él, como el resto. Estaba claro que tenía la vida resuelta, cumplida, digamos. Hablaba con serenidad de los años en que trabajó como ingeniero en la costa del Pacífico. Lo poco que vio a sus hijos, los calores de Nayarit y las fortunas que pagaba la compañía. Un día, la muerte le arrebató a la única mujer que amó y se dedicó a coser los días con el hilo invisible de la melancolía. Los hijos crecieron y se fueron, lejos. Aquella noche, el hombre estuvo especialmente participativo. Dijo, enfático, que en las cantinas “solamente debería discutirse de boxeo, de mujeres y de literatura; el resto de las cosas son falaces, sobre todo la política. “¿Cuánto saben ustedes de boxeo, queridos amigos?”, preguntó en un momento de extraño silencio en la mesa. Alguno de nosotros dijo: lo suficiente. “¿Lo suficiente?”, repitió el hombre, “y, ¿qué es lo suficiente, querido amigo?”. “Lo suficiente es siempre una conjetura”. “¿Una conjetura?”. “Sí”. “¿Y qué conjetura usted, si se puede saber, amigo mío?” “Me parece que es el deporte de México, el deporte de los grandes ídolos mexicanos, el boxeo es la forma más genuina de México”, respondió otro de nosotros. “¿Le parece? Me temo, amigo, que lo fue. El boxeo fue el gran deporte de México, y, en efecto, el domicilio de los grandes ídolos mexicanos y fue nuestro rasgo más puro. Yo asistí a su muerte”. Pidió disculpas por apoderarse del control del coloquio, como lo llamó.  Yo me aturdí. Esa frase la había escuchado en otra parte, en otro lugar, en otra voz. Faltaba algo en aquella sentencia. Algo así como el complemento, una interjección. No podía recordarlo, pero estaba completamente seguro que alguien la había dicho con la misma categoría. Nos quedamos callados para escuchar al hombre del que apenas atinábamos el nombre, don Evaristo, don Evaristo Carriedo.

Usaba un bigote delgado y cano. Vestía impecable. Traje gris. Bien cortado. Y una corbata azul marino. Tenía modales educados. No se dejaba caer ante el terrible paso de los años. Era un hombre pulcro de manos largas y dedos cuidados, uno de los cuales daba forma a un anillo de oro, reliquia de los años de un matrimonio seguramente pacífico y fraterno. Su voz se parecía a la de los viejos locutores de la radio. Cuidaba el uso correcto de cada palabra. Hablaba con signos de puntuación bien marcados. Su español venía desde un lejano pretérito. Utilizaba palabras que muchos de nosotros creíamos en desuso. Escucharlo fue un espectáculo; hacía tanto que ninguno de nosotros se disponía al fantástico ejercicio de escuchar. Escuchar es leer a otro. Fue entonces cuando cada uno de nosotros se preguntó cómo fue que ese hombre llegó al grupo, cómo fue ganando voz en nuestras conversaciones más bien triviales y despreocupadas, como suelen ser las pláticas de hombres que salen de la oficina y hacen todo lo posible por retrasar el regreso a casa; las quejas de los niños, la cena caliente y la despensa de besos y abrazos sobre almohadas que ya no se asombran con nada.

“Nací en el 19 del siglo pasado, cuando Europa y Estados Unidos se repartieron estúpidamente el mundo en París. Y México hacía posible por respirar aire fresco después de diez años de pólvora. Crecí, pues, casi con el siglo; el más terrible de todos, el más sangriento y despiadado. Era un muchacho cuando fui por vez primera a una arena de boxeo. No tenía idea de lo que me sucedería esa noche lejana de los primeros treinta. Hay noches en la vida de los hombres que serán todas las noches; el resto de las noches. Ustedes lo comprobarán cuando se acerque la hora del final del juego de la baraja de los días. Iba con mi padre, un hombre ajeno a cualquier forma de violencia, pero susceptible a las variadas formas del arte. Decía él que en las obras de Mahler, en las pinturas de Millet o en los trazos duros de Dostoievski, se podían conocer a fondo las debilidades y las virtudes humanas. Mi padre había trabajado durante toda su vida en una imprenta de la calle de Donceles, de la que adueñarse en circunstancias un poco extrañas, por no decir fabulosas. En otra ocasión los distraeré con los detalles. Mi padre y yo llegamos a la vieja arena, desaparecida ya, desde luego, y me indicó con severidad poner atención en la figura de Rodolfo Casanova, que lo había perturbado en un insignificante cartel no mucho tiempo antes. Quedé, en efecto, impresionado. Fue un acontecimiento. Mis juveniles ojos nunca habían visto algo semejante. El campeón era una refutación a las reglas formales de la estética. Era un afortunada obra del Creador. Créanme: era una nueva forma para creer, en todo. Fue algo asombroso; la figura exacta del campeón y el héroe. Recuerdo ese momento como si hubiera sido esta mañana. No es mi intención aburrirlos, el tedio es un abuso de la vejez. Me referí a ese momento glorioso de mi juventud con la intención de causar en ustedes una especie de incipiente inquietud. Por supuesto que me hice aficionado inquebrantable del boxeo. Cada vez que los estudios o el trabajo, después, me lo permitían asistía a la arena para dejarme seducir por ese arte de puño y letra. Cuando los quehaceres me lo impedían escuchaba las peleas por la radio, el gran invento de Marconi. Hemos visto grandes adelantos en los medios de comunicación, algunos de ellos verdaderamente imposibles para la imaginación, pero yo sigo cautivándome con la radio, esa caja de la imaginación y de la palabra. A través de la radio, seguí silenciosamente las batallas del inolvidable Ratón Macías, poeta mayor del cuadrilátero. En aquellos años, amigos míos, no sólo había un gran relato trágico en el ring nacional; también había grandes relatores de los hechos, sin la grandilocuencia burda y sin brillo de nuestros días. En los primeros cincuenta llegó a México la televisión. Y el deporte cambió para siempre. Desde entonces no fue menester pagar un billete para ver en directo una pelea de campeonato. Bastó con mover un botón (ahora, entiendo que los botones se aprietan, no se giran) para estar dentro del combate. Nació, entonces, queridos amigos, una nueva forma del ídolo de masas. Dejaron de ser esas congregaciones que compartían el mismo sitio de las que inteligentemente habló Elias Canetti, un autor lamentablemente poco valorado en México. El ídolo salió de la arena y, de pronto, estuvo, a la vista de todos, en todos lados. Gracias a la pantalla los grandes boxeadores se convirtieron en un asunto de dominio público. Si el periódico y la radio habían dado forma a las primeras grandes figuras del boxeo; la televisión vino a darles forma piramidal. La industria del espectáculo transformaría rápidamente el comportamiento de los mexicanos. La sociedad mexicana aprendió rápidamente a verse reflejada en un sus grandes ídolos. Puedo aventurarme, sin el afán de hacerles pasar un mal rato, a decirles que gracias a la televisión los ídolos se convirtieron en los gestos de una época. Qué es un ídolo sino el gesto de una sociedad. Un gesto que acerca a prójimos, a próximos, quizá nunca mejor empleada esa palabra. Próximos, que es una palabra muy linda. Del repertorio de actitudes sociales transformadas por la televisión quizá sea el deporte la más sobresaliente. Y sobre todos los deportes, la actitud más clara es la del boxeo. El Ratón fue el gran ídolo de la radio; pero no es casual que con la llegada de la pantalla el número de ídolos, aficionados y patrocinadores aumentara a niveles insospechados. El ejemplo más cercano para ustedes, jóvenes aún, puede ser Salvador Sánchez, exponente de las funciones en vivo y en directo, al que le bastaron 23 años para ser una verdadera referencia de su época”.

Don Evaristo ofreció disculpas. “Me temo que he llevado el coloquio a un soliloquio, aburrido y lerdo”, dijo. Bebió el último trago. Los hielos ya eran agua. “Está muy bien lo que nos dice, don Evaristo, cuente, no tenemos nada que dispensarle. Nos ha puesto a pensar sobre lo que tenemos ahora. Sobre el boxeo de nuestro siglo XXI”, dijo uno de nosotros, perturbado, seguramente, por la cándida inteligencia de nuestro inquilino. “Siga, se lo pedimos por favor. Hace un buen rato que no escuchamos más que opiniones vagas y sin sentido sobre esa conjetura que usted llama arte de puño y letra”.

-Sí en verdad es así, amigos míos, déjenme invitar una ronda. Así al menos no les costará perder su tiempo y su ánimo con un testarudo como yo. Charly, otra ronda por favor. Me la cargas a mi cuenta.

-No es necesario, de verdad- dijo otro de nosotros. Podemos pagar cada quien nuestros propios tragos.

-Señores tengo el dinero suficiente para pasar mi últimos días, que afortunadamente ya no serán muchos. A esta edad se valora como nada la oportunidad de conversar. Dentro de poco esta boca guardará silencio para siempre; los muertos no son más silencios perpetuos. Viviremos en la memoria de alguien, verá nuestras fotografías, nuestras ropas, nuestros escasos vestigios, pero ese alguien que nos evoque jamás volverá a escucharnos decir los buenos días, las mustias quejas o los alegatos; morir es, sencillamente, la gran forma elegante de guardar silencio. Así que salud, señores, y gracias por su paciencia.

-Nos estaba platicando de Sal Sánchez…

-Decía que la televisión reinventó la industria, el mercado y las materias primas del deporte. Hizo del individuo un ego subordinado a los intereses del mercado. La palabra ego que evocaba al alma, a una partícula de Dios, pasó a ser una moneda de cambio que valoraba sobre todo la econometría, lo medible, lo contable, la estadística. Muchos ahora se preguntan si la ausencia de transmisiones en directo y en señal abierta fue la causa de la carencia de ídolos de boxeo en México. Puede ser. Pero, creo amigos, que la causa es multifactorial, como suele decirse. Miren. Al final de los años ochenta y comienzos de los noventa las ideologías sufrieron un grave golpe, sesenta años después de París; en donde, por otra parte, nacieron las masas y el uso que después, desafortunadamente, se les dio: los ismos no son otra cosa que el éxito en el tratamiento, diría yo, desprecio, de las masas. Fascismo, socialismo, maoísmo, castrismo, son formas devastadoras del uso eficiente de los grandes públicos; lo es también el comercio a gran escala; las grandes ventas, los grandes consumidores, las grandes producciones. Cuando estas formas cayeron, cuando se vino abajo el Muro, setenta años después de París, insisto, muchos símbolos dejaron de jugar un papel determinante en la vida del individuo. Las grandes masas, poco a poco, fueron fragmentándose. Los individuos sufrieron grandes crisis de personalidad, ante la nueva cara de la economía y de la industrialización. Creo, a la distancia de los años, que la transformación del individuo en sujeto, como lo hizo ver Touraine, se intuyó en México muy prematuramente. La necesidad de construcción del sujeto en experiencias personales, lo que bien podríamos llamar, el goce, fue bien entendido por la industria televisiva, pero fue aplicado sin las herramientas necesarias para que tuviera éxito. Cuando la pelea entre Julio César Chávez y el Héctor Camacho fue trasmitida solamente por televisión de paga, el sujeto mexicano sufrió un duro golpe porque la gran mayoría de ellos carecía de los medios necesarios para seguir las peleas en directo. Ese día asistimos a la muerte del boxeo…

Claro aquella frase se la había leído a Julio Cortázar, quien aseguraba que había asistido al nacimiento de la radio y a la muerte del boxeo, después de la experiencia de la Firpo-Dempsey. Claro.

“La industria del boxeo se empecinó en mantener las coberturas de las peleas solamente por televisión de paga durante el final del siglo XX y el principio del XX. ¿Qué sucedió? Es muy sencillo, amigos, los sujetos dejaron de ser avatares de los viejos autoritarismos. Encontraron otras formas del goce, de la experiencia. La economía moderna en el reino de la era de experiencia, ya no de la acumulación del capital. El hombre contemporáneo no pretende otra cosa que la acumulación de goces; conciertos, discos, videos, peleas de boxeo, cosas por el estilo. Es por eso que el espectáculo y el placer se han convertido en dos grandes industrias dentro de la enorme industria mundial. El público, ansioso de experiencias, ante una oferta infinita de ellas,  se mudo a otras arenas. Y en la mudanza se privó de las carreras de grandes boxeadores como Marco Antonio Barrera, Juan Manuel Márquez, Erik Terrible Morales y algunos otros. Pero hay algo más terrible. El sujeto se transformó tan radicalmente que se bastó en sí mismo. Una observación importante de este proceso la hizo hace mucho Castoriadis: el sujeto encontró una nueva capacidad de creación simbólica. Y en esa nueva imaginación no aparecían los boxeadores que habían salido del plano concreto de la observación cotidiana de los hechos. En el montaje de signos, que es la sociedad de consumo, dejaron de aparecer los boxeadores como actores centrales o de reparto de esa puesta en escena. En México, la muchedumbre solitaria, no ha dependido desde el final del siglo, de la construcción de nuevos gestos colectivos de época. El sujeto mexicano ya no quiere verse representado en “otros”; él mismo es su representación. Han sucedido muchas sociedades mexicanas desde aquella noche en que vi por vez primera a Rodolfo Casanova, que hoy parezco un pobre romántico de una aldea lejana. Han cambiado tanto las cosas desde entonces, que parezco un exiliado de otro tiempo”.

-Y con lo que dice, ¿cree que en poco tiempo volvamos a tener grandes ídolos como los que platica?- preguntó otro de nosotros.

-Creo, que la respuesta debe estar más cerca de la actitud religiosa de los nuevos sujetos mexicanos. La extrema secularización de la sociedad mexicana, complica la posibilidad de la construcción de nuevos ídolos a la forma de Toluco López, Púas Olivares o Vicente Saldívar. Un ídolo es un acto de fe. Un credo. Hay algo de esotérico en la composición del ídolo. Es curioso. Y me sigo pareciendo un romántico. Es curioso que Nietzsche esté tan cerca de nosotros como lo estuvo hace un siglo. La propagación de la idea de la muerte de Dios, trajo consigo el crepúsculo de los ídolos y el nacimiento del hombre en sí mismo, para sí mismo. En la medida en la que los nuevos tengan posibilidad de imaginar, de creer y de crear, en esa medida tendremos la posibilidad de formar nuevos ídolos en el boxeo o en cualquier otra manifestación social. La preguntas, queridos amigos deben formularse hacia otros derroteros: ¿necesita México de nuevos ídolos? ¿Este es tiempo de ídolos? ¿Qué cualidades comerciales, sociales y espirituales deben cumplir esos nuevos ídolos en una sociedad convulsa que hasta ahora no tiene claro cuáles son sus nuevos sueños?

Don Evaristo bebió.

A la mesa la invadió un silencio unánime. 

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One thought on “Los nuevos ídolos

  1. Ma. de Lourdes Hernández García says:

    puta madre…. cuanta auntenticidad, cuanto bien hacer las cosas. que conmovedor y entrañable, pobres de los mexicanos que no defendemos lo que vale, lo que queremos, lo que nos identifica, nos gana el ego, el ser y el tener, cuanta espupidez campea entre los individuos cada vez más carentes de identidad.

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