Debilidad en Fortaleza

Brasil saltó a la cancha con la ideología en las espaldas y con el pueblo (la camiseta que desde Garrincha es alegría) en la conciencia. No fue un juego normal, ni mucho menos. Los jugadores brasileños militaban desde el vestuario sobre lo sucedido en las calles de Sao Paulo y Rúo. Había, raro momento, una carga política, gritos y slogans, en un país de reciente coqueteo con la democracia y la libertad. No había variantes: Brasil se jugaba, desde el cantico del himno nacional, una nueva identidad colectiva: demandas de país más justo y equitativo; menos corrupción y más gasto público para la educación. Brasil, todo Brasil, estaba en escena con once hombres que recordaban a Mario Benedietti, el arriba nervioso y el abajo que se mueve. Para la verdeamarella este juego era un asunto público, una discusión política, químicamente pura.

México, entre solemne y deprimido, entre bostezos y monomanías, se jugaba la salud ante un equipo armado antimotines. No había, desde el comienzo, mucho margen para el despertar de una selección que pospone todo, hasta el desgano. El gol de Neymar, antes del desayuno del partido, aventuraba una tormenta. Una calma chicha sobrevino a un desafío de marea baja. Brasil, neymardependiente, sobrado de orden y casi sin progreso, perdía las líneas de la bandera en avances sin profundidad y sin picardía. Si algo debe exaltarse de este Brasil es la tacañería, mezquino equipo que pone la duda sobre la mesa: el triunfo en el Mundial suena a imposible, a esoterismo. No hay magia en el Brasil, no hay percha, no hay baile. Y el responsable de la sombra es Felipao, técnico burócrata, soso y opaco. Brasil asusta de tan poco, de tan mínimo, de tan chato. David Luiz, hecho un escudo, troyano en medio de la cancha, significa el gran elemento de un equipo de medio campo.

El desplante final de Neymar saluda a Las Ramblas. Con el Camp Nou en espera de boda, Neymar va dejando en claro que el fichaje culé va también por el estilo y no sólo por las marcas. El astro, rayando en crack, resuelve a lo genio una jugada sin futuro y la vuelve eterna, instante inolvidable de tiempo y espacio: pero Neymar, genio y figura, no se come la envoltura: pasa, atinadamente, y el juego se confirma como una vocación de engaños: Brasil no ríe y México no se levanta.

México, sin medio campo, dispone de la voluntad de Guardado, Giovanni y Salcido, para resolver un juego con más pasado que futuro. Javier Hernández, perdido, torpe y descuidado, improvisa su nueva vocación de fantasma. Ni recibe. Ni pasa. Tampoco se instala en el área.

Solamente los simple piensan que el juego es posesión de cancha. La pelota corre. El pase, hecho tiempo, debe ser sostenido en la frecuencia y en la consecuencia. Brasil consigue pases; México los desbarata. Sin hombre de centro, vigía y pastor, el equipo de José Manuel de la Torre, que ha perdido a su selección desde la selección de jugadores, carece de toda idea, de todo planteamiento. No hay en el equipo verde, quien dirija, quien organice una batalla. Y el rival lo sabe siempre: México se angosta cuando posee la pelota. Pablo Barrera, siempre el mejor defensa contrario, es una postal del equipo: predecible, equivocado y siempre absurdo. Cundo hay que elegir una juagada: Barrera y México enteró escoge la peor, la imposible, la complicada.

No hay nueva cara. El 2-0 de hoy es contundente: que llamen al siquiatra.

 

 

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